lunes, 12 de septiembre de 2011

Euforia de género

Quisiera tener la pija grande, las manos fuertes, el pecho duro, la espalda ancha, las piernas rápidas, el puño certero en la cara del forro hijo de re mil puta que le deja la cara rota a la mujer que ahora llora en mi hombro.

Llora y me pide por favor que la ayude, que no la deje a solas con él. Me dice que es su marido, que son de Perú pero que acá viven en Pilar. Dice que quiere a su hijo, lo repite y llora, lo repite y llora. Dice que el hijo quedo en Perú con la mamá de ella. Le pide a dios “ay diosito mío, ay por favor, ay diosito mío”. Le acaricio la espalda, no sé que decirle. Le doy la mano y no me la suelta, me dice “si me dejan con él me va a pegar, siempre me pega”.
El policía le pregunta que quiere hacer. Ella no quiere hacer la denuncia.
Él se hace el idiota, “no sé que le pasa, nunca la vi así”. Ella dice “siempre me pega pero es la primera vez que me pega en público”. Le pegó en el colectivo. Nosotros la vimos bajarse y a él bajarse después y correrla. Por eso nos acercamos. Ella estaba tirada en el suelo llorando y pidiendo ayuda. “Me esta pegando, me esta pegando”. La abrace y no dejamos que se le acercara. Le hablamos a un policía que encontramos a la vuelta. Fue la primera vez que sentí simpatía por un hombre de traje azul armado, que en vez de ese odio por lo militarizado me alegre de que el gordito con gorra nos escuchara pacientemente, LA escuchara pacientemente mientras, llorando, intentaba explicar. El otro hijo de puta cara de idiota. Además de espantosamente feo. Me pregunto como se llega a estar con un tipo así. Como se llega y como se sigue, como se tiene un hijo y como se sigue estando, como no agarrar al hijo e irse lejos. Como llegar a tener un nene con la cara parecida a ese hijo de puta que te caga a palos, como no detenerlo antes de que nazca el fruto de una relación insana. Vuelve todo a mi, la violencia de género, los roles, el papel de las mujeres, la construcción de la mujer débil, el segundo sexo, el aborto, las relaciones familiares, el matrimonio, la bronca y la certeza de porque estoy donde estoy y porque pienso lo que pienso.

Una impotencia tan grande. Si fuera grande y fuerte lo re cagaría a trompadas. Me pondría la capa y cuál superhéroe saldría a defender mujeres indefensas. De esas que lloran con tantas ganas que me queda un rato largo la sensación en el cuerpo de ese llanto de encierro e impotencia. Atada a una situación desesperante. Encerrada en ese cuerpo pequeño que no sabe defenderse. Bellas mujeres de largo pelo del que se puede tironear, del que se puede levantar a una mujer del piso, del que se puede arrastrar. Hermosas mujeres con tacos altos que hacen tan torpe el caminar, tan difícil un posible escape, correr por una vereda a las cinco de la mañana. Se caen solas con esos tacos, se caen tratando de cruzar la esquina. Bonitas mujeres con toda esa parafernalia que las hace tan vulnerables, frágiles. La ropa incomoda, todos los adornos de los que se puede tironear. Una mujer ahorcada con su propio collar. Un aro con el que se puede cortar un tramo de piel. Un prendedor filoso. Un vestido lo suficientemente ajustado para correr mal, una pollera con la que no se pueda pegar una buena patada.
Impotencia. Entiendo a todas juntas las feminitas, anarquistas. Entiendo a todas juntas las que se ponen corbata, las que practican deportes de hombres, las que no se quieren maquillar, las que van a la cancha los domingos y se suben al alambrado, las que saben pegar una trompada en el momento justo.

Impotencia y angustia. Hace un rato tenía sueño pero ahora son las seis de la mañana y no puedo dormir, escribo un poco, me desahogo. Pongo mi violencia en palabras porque no puedo expresarla corporalmente. Siento una incomodidad en el cuerpo, necesitad de sacar afuera la bronca. Imagino que algo así será la adrenalina que sienten los chabones cuando se agarran a trompadas. Una rabia que rápidamente traspasan al puño. Un odio que descargar en la cara del otro. Imagino que después se van a dormir cansados y tranquilos. Quizás con la cara morada pero recordando que el otro quedo peor, sabiendo que “arreglaron las cuentas”. No puedo dormir. Tengo la rabia en mi cuerpo. En mi pequeño cuerpo liviano. Es como una mala energía que se acumula, nódulos en diferentes partes en tensión, los hombros, el cuello, los codos, las manos, las rodillas, los pies. Me estorba el reloj, los aros, la ropa (el corpiño ya me lo saqué antes de sentarme a escribir). Me estorba el tampón que tengo puesto. Todavía nadie me pego y yo ya me desangro naturalmente, me sonrío irónicamente burlándome de mi y de mi frágil estado.


Ganar esa actitud de presa, con marcas en la piel, con la mirada profunda e intimidante. Mirar de frente, no agachar la cabeza, no dar media vuelta. Poder ser la que tiene la última palabra, la que levanta la voz, la que arroja un plato por los aires.
La loca. La loquita. La marimacho. La raulito. La petisa de mierda. La machona del curso. La varoncito de pelo corto. La andrógina. La torta. La tortita. La tortillera. La de ropa de deportiva, la de pantalones anchos, la del conjunto de Atlanta. La forra esa que me robo la novia, la que no se calla, la que no se intimida, la que me hace sangrar la nariz si le levanto la mano, las que se les fue la mano y los mandaron para el otro lado a esos que les cagaron la vida.

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